segunda-feira, 4 de junho de 2012

O espelho e a máscara


Pessoal, o seguinte.

Meu blog está passando por uma reestruturação no momento, e por isso ando postando bem pouco, muito pouco, quase nada - estou guardando algumas coisas pra quando o blog estiver com cara e lugar novos.

Mas, recentemente, li um conto do Borges, e como inevitavelmente acontece em todos os livros dele, ao menos algum conto tinha que me provocar uma epifania. Resolvi postá-lo aqui.

Estou colocando o conto tanto em espanhol quanto em português. Ele faz parte do "Livro de Areia", creio que o último livro publicado em vida pelo autor. Esse livro faz parte da coleção da folha de SP de literatura íbero-americana, que está nas bancas. Recomendo muitíssimo.

Abaixo da versão  em espanhol, se encontra a versão em português.

Abraços a todos!


JORGE LUIS BORGES

El espejo y la máscara

Librada la batalla de Clontarf, en la que fue humillado el noruego, el Alto Rey habló con el poeta y le dijo:

-Las proezas más claras pierden su lustre si no se las amoneda en palabras. Quiero que cantes mi victoria y mi loa. Yo seré Eneas; tú serás mi Virgilio. ¿ Te crees capaz de acometer esa empresa, que nos hará inmortales a los dos?

-Sí, Rey -dijo el poeta-. Yo soy el Ollan. Durante doce inviernos he cursado las disciplinas de la métrica. Sé de memoria las trescientas sesenta fábulas que son la base de la verdadera poesía. Los ciclos de Ulster y de Munster están en las cuerdas de mi arpa. Las leyes me autorizan a prodigar las voces más arcaicas del idioma y las más complejas metáforas. Domino la escritura secreta que defiende nuestro arte del indiscreto examen del vulgo. Puedo celebrar los amores, los abigeatos, las navegaciones, las guerras. Conozco los linajes mitológicos de todas las casas reales de Irlanda. Poseo las virtudes de las hierbas, la astrología judiciaria, las matemáticas y el derecho canónico. He derrotado en público certamen a mis rivales. Me he adiestrado en la sátira, que causa enfermedades de la piel, incluso la lepra. Sé manejar la espada, como lo probé en tu batalla. Sólo una cosa ignoro: la de agradecer el don que me haces.

El Rey, a quien lo fatigaban fácilmente los discursos largos y ajenos, le dijo con alivio:

-Sé harto bien esas cosas. Acaban de decirme que el ruiseñor ya cantó en Inglaterra. Cuando pasen las lluvias y las nieves, cuando regrese el ruiseñor de sus tierras del Sur, recitarás tu loa ante la corte y ante el Colegio de Poetas. Te dejo un año entero. Limarás cada letra y cada palabra. La recompensa, ya lo sabes, no será indigna de mi real costumbre ni de tus inspiradas vigilias-

-Rey, la mejor recompensa es ver tu rostro-dijo el poeta, que era también un cortesano.

Hizo sus reverencias y se fue, ya entreviendo algún verso.

Cumplido el plazo, que fue de epidemias y rebeliones, presentó el panegírico. Lo declamó con lenta seguridad, sin una ojeada al manuscrito. El Rey lo iba aprobando con la cabeza. Todos imitaban su gesto, hasta los que agolpados en las puertas, no descifraban una palabra. Al fin el Rey habló.

-Acepto tu labor. Es otra victoria. Has atribuido a cada vocablo su genuina acepción ya cada nombre sustantivo el epíteto que le dieron los primeros poetas. No hay en toda la loa una sola imagen que no hayan usado los clásicos. La guerra es el hermoso tejido de hombres y el agua de la espada es la sangre. El mar tiene su dios y las nubes predicen el porvenir. Has manejado con destreza la rima, la aliteración, la asonancia, las cantidades, los artificios de la docta retórica, la sabia alteración de los metros. Si se perdiera toda la literatura de Irlanda -omen absit- podría reconstruirse sin pérdida con tu clásica oda. Treinta escribas la van a transcribir dos veces.

Hubo un silencio y prosiguió.

-Todo está bien y sin embargo nada ha pasado. En los pulsos no corre más a prisa la sangre. Las manos no han buscado los arcos. Nadie ha palidecido. Nadie profirió un grito de batalla, nadie opuso el pecho a los vikings. Dentro del término de un año aplaudiremos otra loa, poeta. Como signo de nuestra aprobación, toma este espejo que es de plata.

-Doy gracias y comprendo -dijo el poeta. Las estrellas del cielo retornaron su claro derrotero. Otra vez cantó el ruiseñor en las selvas sajonas y el poeta retornó Con su códice, menos largo que el anterior. No lo repitió de memoria; lo leyó Con visible inseguridad, omitiendo ciertos pasajes, Como si él mismo no los entendiera del todo o no quisiera profanarlos. La página era extraña. No era una descripción de la batalla, era la batalla. En su desorden bélico se agitaban el Dios que es Tres y es Uno, los númenes paganos de Irlanda y los que guerrearían, centenares de años después, en el principio de la Edda Mayor. La forma no era menos curiosa. Un sustantivo singular podía regir un verbo plural. Las preposiciones eran ajenas a las normas Comunes. La aspereza alternaba Con la dulzura. Las metáforas eran arbitrarias o así lo parecían.

El Rey cambió unas pocas palabras Con los hombres de letras que lo rodeaban y habló de esta manera:

-De tu primera loa pude afirmar que era un feliz resumen de cuanto se ha cantado en Irlanda. Ésta supera todo lo anterior y también lo aniquila. Suspende, maravilla y deslumbra. No la merecerán los ignaros, pero sí los doctos, los menos. Un cofre de marfil será la custodia del único ejemplar. De la pluma que ha producido obra tan eminente podemos esperar todavía una obra más alta.

Agregó con una sonrisa: -Somos figuras de una fábula y es justo recordar que en las fábulas prima el número tres.

El poeta se atrevió a murmurar: -Los tres dones del hechicero, las tríadas y la indudable Trinidad. El Rey prosiguió: -Como prenda de nuestra aprobación, toma esta máscara de oro.

-Doy gracias y he entendido -dijo el poeta. El aniversario volvió. Los centinelas del palacio advirtieron que el poeta no traía un manuscrito. No sin estupor el Rey lo miró; casi era otro. Algo, que no era el tiempo, había surcado y transformado sus rasgos. Los ojos parecían mirar muy lejos o haber quedado ciegos. El poeta le rogó que hablara unas palabras con él. Los esclavos despejaron la cámara.

-¿No has ejecutado la oda? -preguntó el Rey; -Sí -dijo tristemente el poeta-. Ojalá Cristo Nuestro Señor me lo hubiera prohibido.

-¿Puedes repetirla?.: -No me atrevo.

-Yo te doy el valor que te hace falta -declaró el Rey.

El poeta dijo el poema. Era una sola línea. Sin animarse a pronunciarla en voz alta, el poeta y su Rey la paladearon, como si fuera una plegaria secreta o una blasfemia. El Rey no estaba menos maravillado y menos maltrecho que el otro. Ambos se miraron, muy pálidos.

-En los años de mi juventud -dijo el Rey- navegué hacia el ocaso. En una isla vi lebreles de plata que daban muerte a jabalíes de oro. En otra nos alimentamos con la fragancia de las manzanas mágicas. En otra vi murallas de fuego. En la más lejana de todas un río abovedado y pendiente surcaba el cielo y por sus aguas iban peces y barcos. Éstas son maravillas, pero no se comparan con tu poema, que de algún modo las encierra. ¿Qué hechicería te lo dio?

-En el alba -dijo el poeta- me recordé diciendo unas palabras que al principio no comprendí. Esas palabras son un poema. Sentí que había cometido un pecado, quizá el que no perdona el Espíritu.

-El que ahora compartimos los dos -el Rey musitó-. El de haber conocido la Belleza, que es un don vedado a los hombres. Ahora nos toca expiarlo. Te di un espejo y una máscara de oro; he aquí el tercer regalo que será el último.

Le puso en la diestra una daga. Del poeta sabemos que se dio muerte al salir del palacio; del Rey, que es un mendigo que recorre los caminos de Irlanda, que fue su reino, y que no ha repetido nunca el poema.

***
O espelho e a máscara

“Travada a batalha de Clontarf, em que o Norueguês foi humilhado, o Alto Rei falou com o poeta e disse-lhe:

- As proezas mais claras perdem o brilho se não forem cunhadas em palavras. Quero que cantes a minha vitória e o meu louvor. Serei Eneias e tu o meu Virgílio.

Julgas-te capaz de deitar mãos a esta empresa que a nós dois fará imortais?

- Julgo que sim, Rei – disse o poeta. – Sou o Ollan. Durante doze Invernos cursei as disciplinas da métrica. De memória sei as trezentas e sessenta fábulas que são a base da verdadeira poesia. Os ciclos de Ulster e Munster estão nas cordas da minha harpa. As leis autorizam-me a prodigalizar as vozes mais arcaicas do idioma, e as mais complicadas metáforas. Domino a escrita secreta que defende a nossa arte do exame indiscreto do vulgo. Posso celebrar os amores, os roubos de gado, as navegações, as guerras. Conheço as linhagens mitológicas de todas as casas reais da Irlanda. Domino as virtudes das ervas, a astrologia judiciária, as matemáticas e o direito canónico. Num certame público derrotei os meus rivais. Adestrei-me na sátira que produz enfermidades na pele, incluindo a lepra. Sei manejar a espada, como provei na tua batalha. Só uma coisa ignoro: a forma de agradecer a honra que me dás.

O Rei, que facilmente se cansava com discursos compridos e alheios, disse aliviado:

- Estou farto de saber essas coisas. Acabam de afirmar-me que o rouxinol já cantou na Inglaterra. Quando passarem as chuvas e neves, quando o rouxinol regressar das suas terras do Sul, hás-de recitar o teu louvor perante a corte e o Colégio dos poetas. Dou-te um ano inteiro. Vais limar cada letra e cada palavra. A recompensa, já sabes, não será indigna da minha tradição real nem das tuas inspiradas vigílias.

- Rei, a melhor recompensa é ver o teu rosto – disse o poeta que também era um cortesão.

Fez as suas reverências e saiu a entrever, já, alguns versos.

Cumprido o prazo, que foi de epidemias e rebeliões, apresentou o panegírico.
Declarou-o com segurança lenta, sem deitar uma olhadela, sequer, ao manuscrito.
O Rei ia aprovando com a cabeça. Todos lhe imitavam o gesto, mesmo os que se aglomeravam nas portas e nem uma palavra decifravam.

Por fim o Rei falou.

- Aceito o teu trabalho. É outra vitória. Usaste cada vocábulo na sua acepção genuína e cada substantivo segundo o epíteto que os primeiros poetas lhe deram. Em todo o louvor não há uma única imagem que os clássicos não tenham usado. A guerra é o formoso tecido de homens e a água da espada é o sangue. O mar tem um deus próprio e as nuvens predizem o porvir. Manejaste com destreza a rima, a assonância, as quantidades, os artifícios da douta retórica, a sábia alteração da métrica. Se a literatura da Irlanda se perdesse toda – omen absit – permitiria a tua ode clássica reconstituí-la sem nenhuma falta. Trinta escribas vão transcrevê-la doze vezes.

Fez-se um silêncio e prosseguiu:

- Tudo está bem, apesar de não ter acontecido nada. O sangue não corre mais depressa nos pulsos. As mãos não se agarraram aos arcos. Ninguém empalideceu. Ninguém deu um grito de guerra ou expôs o seu peito aos Vikings. No prazo de um ano, poeta, havemos de aplaudir outro louvor. Em sinal da nossa aprovação toma este espelho, que é de prata.

- Dou graças e compreendo – disse o poeta.

As estrelas do céu retomaram o seu claro curso. Nos matagais saxónicos o rouxinol cantou de novo e o poeta voltou com o seu códice, menos comprido do que o anterior.
Não o repetiu de memória; leu-o com visível insegurança, omitindo certas passagens como se não entendesse nada delas, ou não quisesse profaná-las. A página era estranha. Não se tratava de uma descrição da batalha, era a batalha. Na sua desordem bélica agitava-se o Deus que é Três e Um, os numes pagãos da Irlanda e os que iriam guerrear, centenas de anos depois, no princípio da Edda maior. A forma não era menos curiosa. Um substantivo singular podia concordar com um verbo no plural. As preposições eram alheias às normas comuns. A aspereza alternava com a doçura. As metáforas eram arbitrárias, ou assim pareciam.

Trocando o Rei algumas palavras com os homens de letras que o rodeavam, falou desta forma:

- Do teu primeiro louvor pude afirmar que era um feliz resumo de tudo o que a Irlanda já cantara. Este supera o que ficou para trás e também o aniquila. Suspende, maravilha e deslumbra. Não vão merecê-lo os ignaros mas sim os doutos, os raros. A custódia do exemplar único será um cofre de marfim. Da pena que produziu obra tão eminente podemos, todavia, esperar outra mais alta. Com um sorriso acrescentou:

- Somos figuras de uma fábula e justo é recordar que nas fábulas domina o número três.

O poeta atreveu-se a murmurar:

- As três graças dos feiticeiros, as tríades e a indubitável Trindade.

Prosseguiu o Rei:

- Como prémio da nossa aprovação, toma lá esta máscara de ouro.

- Dou graças e compreendo – disse o poeta.

Mais um aniversário passou e as sentinelas do palácio avisaram que o poeta aparecia sem nenhum manuscrito. Com algum espanto, o Rei olhou para ele; era quase outro. Qualquer coisa que não o tempo sulcara-lhe e transformara-lhe as feições. Os seus olhos pareciam ver muito longe, ou ter cegado. O poeta pediu para trocar com ele algumas palavras. Os escravos abandonaram a câmara.

- Não fizeste a ode? – perguntou o Rei.

- Fiz – disse com tristeza o poeta.

- Oxalá Cristo Nosso Senhor mo tivesse proibido.

- Podes repeti-la?

- Não me atrevo.

- Dou-te a quantia que precisas – declarou o Rei.

O poeta disse o poema. Era de uma só linha.

Sem conseguir pronunciá-lo em voz alta, o poeta e o seu Rei saborearam-no como uma oração secreta, ou uma blasfémia. O Rei não estava menos maravilhado e atribulado do que o outro.

Olharam-se, muito pálidos.

- Nos anos da minha juventude – disse o Rei – pus-me a navegar rumo ao ocaso. Numa ilha vi lebréus de prata que matavam javalis de ouro. Noutra alimentámo-nos com o aroma de maçãs mágicas. Noutra vi muralhas de fogo. Na mais afastada de todas sulcava o céu um rio em abóbada e declive cujas águas abundavam de peixes e barcos. Isto são maravilhas mas não se comparam com o teu poema que as contém todas, pode dizer-se. Que feitiço to concedeu?

- Acordei de madrugada a proferir palavras que ao princípio não compreendi – disse o poeta. – Essas palavras eram um poema. Senti que tinha cometido um pecado, talvez aquele que o Espírito não perdoa.

- Aquele que compartilhamos agora – murmurou o Rei.

- O de termos conhecido a Beleza, que é um dom vedado aos homens. Cabe-nos expiá-lo. Dei-te um espelho e uma máscara de ouro; tenho aqui a terceira prenda, que é a última.

Na mão direita pôs-lhe uma adaga.

Do poeta sabemos que se matou, quando saiu do palácio; do Rei que é mendigo e corre os caminhos da Irlanda, seu reino de outrora, sem ter voltado a repetir o poema.

Nenhum comentário:

Postar um comentário